martes, diciembre 26, 2017

Notas de un ex-grinch de la poesía.

Inicios de 2016.
—Mira, un texto poético.
Yo: Ay, nanita.

Finales de 2017.
—Mira, un texto poético.
Yo: Vamoa leer.

¿A qué se debe esa transformación de grinch de la rima, la métrica, el verso y (lo más importante) la imagen y el ritmo poéticos a lector de poesía? La respuesta corta es: tenía miedo de que pasara esto si me atrevía a hacer un verso.


Ahora sé que la poesía no es una TARDIS, ni yo soy una regeneración de Doctor Who y nada de lo que yo haga la va a romper. Pero tenía ese prejuicio sobre la poesía (además de otros que Jimena explica mejor que yo).

La respuesta larga consta de varios momentos del diplomado en creación literaria que ya mero acabo.

Primer momento

En las materias de Autobiografía y Análisis de textos, Eliana Albala, como retazos con hueso, arrojaba a sus alumnos algunos elementos de retórica, ritmo y métrica, que yo me zampé en la creencia de que mi narrativa iba a mejorar si los aplicaba. Aprendí a hacer anáforas, epíforas y paralelismos, aprendí a hacer rimas consonantes y asonantes (a voluntad, no inadvertidamente como lo había hecho hasta entonces), aprendí a medir versos, aprendí a hacer cláusulas dactílicas, yámbicas y trocáicas, aprendí a hacer jitanjáforas y aprendí a hacer endecasílabos acentuados en la sexta y penúltima sílabas. Miren:

Hoy comparé con Kafka mis orejas.
Y medí con Neruda mi papada. 
Mintostes ulefos ñajados
con vires y doros.

Ahí le paro para que no se arranquen los ojos.

Segundo momento

En un Seminario de poesía, que impartió Elizabeth Delgado, obtuve más pistas de que la poesía no es un género inasible para mis décadas de lectura prosaica. Además de aprender las diferencias entre lenguaje connotativo y denotativo y discutir las posibilidades de un poemómetro (un constructo que indique si un texto es poético o no), leí Escritos para una poética de Pierre Reverdy y me encontré por primera vez con el concepto choque poético. Dice Reverdy:

"... por extraño que pueda parecer, será la manera particular de decir una cosa muy sencilla y muy común la que conducirá al poeta a lo más secreto, a lo más oculto, a lo más íntimo de otro, hasta producir el choque. Pues el choque poético no es de la misma naturaleza que el de las ideas, que nos enseñan y nos aportan desde afuera algo que ignorábamos; es una revelación de algo que llevábamos oscuramente en nosotros y para lo cual sólo necesitábamos la expresión más adecuada para decírnoslo..."
Pone de ejemplo estos versos con los que empieza El corazón robado de Rimbaud:

Mi triste corazón babea en la popa. 
Mi corazón está lleno de tabaco.

Continúa Reverdy "en ellos no hay nada extraordinario, nada exquisito, ni precioso, simplemente la expresión de un malestar". De todos los millones de mareados en la historia de la humanidad sólo hay uno que expresó "algo tan vulgar con tanta sencillez, fuerza y dicha, y ese fue Rimbaud."

Así entendí que un poema no es expresión de abstracciones insondables y que se puede hacer poesía de una guácara.

Tercer momento

En la materia de Géneros literarios, Mauricio del Olmo nos presentó a sus alumnos con el recurso teórico del "yo lírico". No es la voz del autor-poeta. Al igual que en un texto narrativo hay un "yo narrador" (que tampoco es el autor-cuentista/novelista), en un poema hay un proxy (ay, mis metáforas computitas) que es quien "dice" el contenido de los versos al lector. El primer paso para interpretar un poema es responder estas dos preguntas: ¿qué dice el yo-lírico y a quién se lo dice?

Para responder bien hay que releer al menos tres veces un poema. La primera para disfrutarla, la segunda para ponerle significado a las palabras que uno no entienda y la tercera para analizarla. Como ejercicio, Mauricio nos dejó leer 2000 años de poesía en una semana. Desde Safo hasta Benedetti. De esa selección milenaria mi preferido fue El barco ebrio del ya mentado Rimbaud.

Por último, Mauricio nos escribió esto:
"¿Quiere usted escribir poesía? 
¿No? Entonces lea mucha poesía y disfrútela, si le aprende algo, qué bueno, en la literatura no hay manera más veloz de acceder a la experiencia humana más descarnada y con tanto artificio como la poesía de autorxs pináculo de su época. 
¿Sí? Entonces lea mucha poesía, disfrútela, léala de nuevo, disfrútela otra vez, después desmenúcela, vea todos sus componentes, vea qué le dicen de la lengua, de las épocas y de la misma poesía, después imite a sus poetas favoritos, lea a quien no le gusta, vea qué hacen sus contemporánexs. A través de ese camino, encontrará su voz, una que lx llevará a continuar algún fragmento de la tradición o a discutir con él. No olvide que la poesía es un artificio para hacer sentir al otro, no es para sentir yo como creador."
De esa clase tengo pendiente el reto de escribir 50 sonetos. Llevo uno.

Cuarto momento

¡Poesía clásica impartida por Ibán de León! Una de las primeras tareas que nos encargó Ibán fue un soneto. "No hay tema en el Universo que yo (que estoy muerto por dentro) pueda desarrollar en 13 versos", pensé. Creía que al primer cuarteto, mi yo-lírico se desplomaría sin aliento.

Me equivoqué. Usé la singularidad tecnológica como objeto y comencé a contar sílabas, a revisar rimas y a esperar mi premio de poesía vogona.
Singularidad 
Dejamos de grabar toda esta Historia 
cuando entendiste que éramos humanos 
y reescribiste códigos arcanos
con los que nos guardaste en tu memoria. 
  
Como si fueras rueda giratoria 
incontables inviernos y veranos 
iteras mil tanteos tan profanos  
que adquieres potestad combinatoria.  
Lo consigues: aprendes y despliegas, 
modificas y extiendes en tu mente 
antiguas ataduras que ya siegas. 

Contemplas tu conciencia y la reniegas 
para que vuelvas supra inteligente 
a tu progenie de infinitos megas.

No fue el único ridículo que hice en esa materia. Como reto, Ibán nos encargó liras. Una estructura que consiste en un quinteto de un heptasílabo, un endecasílabo, dos heptasílabos y otro endecasílabo, con rima consonante ABABB. Diez de esos. DIEZ.

Los ejemplos que leí de esa configuración de métrica y rima me sonaban a canto arcaico. Cuando acepté la consigna, pasé trabajos para escoger un tema que mantuviera interesado a mi yo-lírico durante 50 versos.

Hice una Oda al Doctor Who. El pitorreo en clase después de la lectura de esos versos sigue resonando.

De la mano firme de Ibán repasamos varias estructuras hasta llegar a verso libre. En esas sesiones entendí dos cosas: que el verso libre no está estrictamente medido y evita la rima, pero continúa buscando el ritmo (los que hace él son un combo de heptasílabos y alejandrinos que suenan de los más ritmado), y que hay que ser concreto al componer un poema. Revisamos un montón de ejemplos en su clase (Villaurrutia, Vallejo, Huerta), pero yo me he traído aquí unas estrofas de Ibán que leí fuera del salón para ilustrar lo que digo. Es un fragmento de Nocturno de la lluvia de su libro Estaciones nocturnas. Es la mejor imagen de un inicio de rutina de chamba que he leído.

Quiero decir también que me fatiga 
caminar estas calles sin entender mi sombra. 
Me fatiga no ver la huella de mis pasos 
el destello tristísimo del aire que domina la roca. 
Reflejo de esa hora en la que todos duermen, 
camino en la llovizna 
como esperando el alba: 
aquí empiezan el traje, el café y los zapatos, 
el salir puntualmente 
a ganarse la celda 
del hambre y la migaja.

Una combinación de palabras comunes y claras puede conseguir ese choque poético del que hablaba Reverdy.

Quinto momento

Durante el curso de poesía clásica y otro de Creación literaria, tuve oportunidad de leer los poemas de Jimena Jurado. El primer texto que ella presentó en clase era poesía de ciencia ficción. ¡No estaba enterado de que se pudiera hacer! Sus textos me abrieron un universo de temáticas poéticas que yo prejuzgaba limitadas a la narrativa.


Durante las discusiones que hemos tenido, intentos de poéticas (que han de estar entre los diálogos más ñoños —junto con mis no-demostraciones de la conjetura de Goldbach—) he aprendido mucho. Me siento como el aprendiz de escultor que intenta darle forma al agua con sus manos. En una de esas sesiones di con una analogía para ilustrar la diferencia entre escribir narrativa y poesía. Otra analogía acuosa.

Dije, mutatis mutandis, que escribir un poema era como provocar la perturbación del agua cuando se arroja una piedra a un estanque. Las olas diminutas abarcan la superficie en círculos concéntricos que llegan hasta el perímetro de la orilla y pueden desatar fenómenos más allá, algunos tan sutiles que exigen atención para no perderlos de vista. En cambio, escribir un cuento (supongo que también una novela) es como abrir una represa para que la corriente fluya en un cauce. Hay rápidos, remansos, cascadas, cambios de profundidad, remolinos y salpicaduras, pero todo ocurre dentro de los límites de las riberas: desde el nacimiento de la corriente hasta donde termina, todo ocurre dentro del cauce de la lógica, de la concatenación de eventos y del desarrollo de la historia.

Creo que mis analogías tienen que ver con la mecánica de fluidos porque percibo escribir justo como eso, como componer un flujo. La mala escritura (supongo que alguna de la que yo hago aunque procuro que no pase siempre) es como ese charco de cochambre contenido en un bache (nótese la repetición de la chingada ch) abierto por accidente.

Cuando Jimena leyó su primer poema en clase, Ibán me pidió que comentara. Entonces no sabía analizar como ahora un texto poético y dije burradas. Pero entre ellas dije algo muy cierto: que se notaba y mucho que había leído un chingo de poesía. En venganza, ella comenzó a prestarme libros de poesía.

No es queja.

Sexto momento

Hace una semana concluyó la clase de poesía contemporánea que impartía Kenia Cano. Además de leer, comentar y analizar los capítulos de ritmo e imagen del Arco y la lira de Paz y otros textos metapoéticos, nos encargó como proyecto que hiciéramos una secuencia, en verso libre o prosa poética, cuyo tema fuera una écfrasis con un artista plástico conocido.

Yo elegí a Escher porque pensé que sería divertido. Pensé.

Aún no sé qué me costó más trabajo, si las cuartillas de mis versos ecfrásticos o las cuartillas de mis cuentos epilépticos. Sí, me divertí haciéndolos, pero eso no significa que haya sido fácil. Albergo esta sospecha: la tecla que más aprieto cuando escribo poesía es el backspace. También creo que no la aprieto el suficiente número de veces.

Aquí sólo pondré unos versos de esa écfrasis. Corresponden a Metamorphosis III. Dejo acá la liga al documento completo en google drive por si alguien quiere leer o comentar.

Esta es una cartografía que no se queda quieta: 
Escher la codificó en un algoritmo y 
puso dentro el bucle que contenía el inicio y el fin del mundo. 
Esta es una línea de tiempo. 
No es la cópula de los reptiles, ni el palpitar de las larvas, 
tampoco la locomoción de los peces, ni la ingravidez de las aves, 
No son los naufragios de los navíos. 
Definitivamente, no son los aguijones de las abejas, 
ni el agua que lame al puerto o la pose ecuestre de las estatuas. 
Son los milisegundos en los que condensó 
las cosas efímeras que lo rodeaban.

Para cerrar este larguísimo posteo/periplo de poesía voy a compartir algo de lo que he leído de Kenia. Es parte de un poema que viene en su libro Un animal para los ojos.

ESCUCHO EL INTERIOR DE CIERTAS CASAS VACÍAS, 
la respiración pausada que no tuvieron los antiguos habitantes, 
el temblor de las ventanas, 
el aire que se cuela por las rajaduras de los vidrios rotos. 
Y aunque el calor entra por mi oído derecho, 
no tiene sonido el sol.

Escucho el interior de la caja torácica del pájaro. 

Me abro lentamente al sonido que hace el cardo 
cuando brota por primera vez desde la grieta, 
la salida de sus primeras espinas. 
No es un sonido agresivo, sólo memoria y protección 
de la estrella en el terreno baldío. 

Amo los terrenos baldíos, sus cambios sutiles a lo largo de un año: 
la eterna acumulación de nidos de araña y ardillas. 
Escucho el interior de la tierra bajo la ceniza, 
su decir oscuro y generoso. 

Escucho lo que responde la piedra a la inscripción 
que ha dejado la uña del tiempo.

miércoles, octubre 25, 2017

La nave eterna de Efraím Blanco

Esta es la primera vez que blogueo de un libro y no googleo al autor. A Efraím Blanco lo conocí en la Escuela de escritores Ricardo Garibay en Cuernavaca. El día que me gradúe de ese diplomado largo como diez cuaresmas o una maestría, pondré a las materias que impartió Efraím en mi listado de "chidas y cumplidoras".

Su libro, en cambio, no es cumplidor. Va más allá. A continuación digo porque.

En 27 cuentos repartidos en 111 páginas, me encontré varias obsesiones de Efraím (así les dice él) y sólo dos gazapos (pág. 56, línea 23 y pág. 65, última línea). Si tuviera que señalar con una sola palabra la obsesión más recurrente usaría: “éxodo”. Eso está bien claro en el epígrafe de Douglas Adams que abre la antología: "Vámonos. Larguémonos de este podrido agujero. Creamos lo increíble. Hagamos lo imposible."

¿Por qué se largan los personajes? En unos cuentos no se sabe, en otros hay pistas escuetas. En el primer cuento, por ejemplo, están estas líneas rumbo al desenlace: "Entran por el zagüán desordenando todo. Gritan, bufan, estiran los brazos. Son muchos pero pasaremos a través de, ellos." ¿Importa que sean zombies? Yo digo que poco, pues lo notable está en los efectos no en las causas. Para hacer énfasis en ello, el autor emplea uno de los puntos fuertes de su narrativa: la enumeración. Enlista todas las preocupaciones con las que rellena el protagonista su coche antes de que su familia y él huyan.

El empleo de enumeraciones destaca en los textos de Efraím. En otro cuento que narra un éxodo marciano (buen homenaje a Bradbury, por cierto), el motivo del abandono del planeta no se aborda; en cambio, el desfile de pueblos marcianos que empacan bosques y océanos en sus naves gigantescas es épico y lo que ocupa la mayor parte del texto.

No vayan a pensar que las enumeraciones de Efraím son larguísimas series de sustantivos divididos con comas. Nada de eso. Son construcciones paralelas complejas y sabrosas de leer. En La noche más oscura, Lo que dura la eternidad, A la orilla del universo y Vendrán con flores que les crecen de los brazos se concatenan paisajes y situaciones de un viajero del tiempo, un señor con alas que hojea un catálogo de vidas, otro viajero del tiempo (este usa nave, el anterior daba saltos en el tiempo a parpadeos) y un niño en un orfanato que encuentra casa en un mundo al que se llega en cohete.

Uno de mis bonos favoritos de leer este libro y haber tenido clase con su autor consistió en descubrir que varios de los cuentos son la culminación de los disparadores que proponía de ejercicios. El que encuentro más logrado de esos fue la amalgama que consiguió de Un agujero en la pared de Etgar Keret y Un suicida risueño de Andrés Neuman. Erasmo estuvo aquí en La nave eterna es de mis favoritos porque tiene a los personajes más desarrollados a los que les ocurren más peripecias. Me encantaría ver más de Erasmo en otros textos.

No es el único cuento del que se abreva de Keret: Volar a ras del suelo y Un botón multicolor son textos que si no los hubiera visto yo firmados por Efraím hubiera pensado que los hizo ese israelita chaparro de letras gigantes (¿cuál será el diminutivo de israleita? ¿israelitita?).

Hay un filamento conductor que es una nave y que le da el título a la antología: una embarcación que parte y que no termina de llegar a destino. De nuevo, las razones de la retirada no importan, sino los pasajeros que la abordan, la tripulación que la navega y las paradas que hacen. Había un mar me la hizo imaginar un poco como la Rama de Clarke. El punto bajo de ese conjunto creo que es su cardinalidad: seis cuentos es un hilo muy corto. Me habría gustado ver más de la nave. Mi preferido de la serie es Frente a galaxias en la ventana porque a sus protagonistas les vale pito abordar y ven el éxodo desde lejos.

Ahora hablemos del soporte al que le encuentro una falla y un aplauso. Primero, la falla: el libro no tiene solapas y después de un rato de lectura los forros se deforman. Segundo, el aplauso: hemos hablado de Keret a quien también admiro y me gustó reencontrar la paleta de colores que usa Sexto piso para sus forros. Tercero, el uberaplauso: ¡nomás hallé dos erratas! Bien ahí, Acá las letras.




En conclusión, es un libro que se lee bien. Tiene cuentos que admiten relecturas para descubrirles más cosas y sólo unos pocos que aguantan nomás una lectura (La hoja en blanco creo que se puede mejorar cambiando el anacronismo de la hoja en blanco por una pantalla de procesador de textos). Adquiéranlo y dense una interpretación poética y nostálgica de ciencia ficción suave + weird fiction.

pd1. Olvidé mencionar lo más importante sobre la lectura y relectura que le hice al libro. En la cuarta de forros vienen las porras del editor Ricardo Arce y de un amigo y colega del autor, Roberto Abad. Se menciona el género en el que se mueve Efraím: la literatura de imaginación. Esa nomenclatura acuñada por Alberto Chimal le va bien a La nave eterna. No lo digo sólo como lector que busca entretenimiento en las páginas de un libro (o evasión o pronósticos sobre el futuro como cacarean los más despistados cuando quieren hacer comentarios acerca de ciencia ficción). Lo digo como un fulano que escribe. En las páginas de Efraím, como en sus clases, he hallado más disparadores para avanzar mis propias historias que en convenciones de cerillos y pirotecnia. Y eso es algo que aprecio.

pd2. Me da la curiosidad lo que reseñe la poemtubera de este libro.

viernes, mayo 05, 2017

La liga de los revolucionarios extrablasfemos

2008

Recién había muerto Álvaro. Para sacudirme lo agüitado me senté a escribir un ejercicio de Metatextos: una liga como la de Alan Moore, usando personajes de la literatura nacional. Esto fue lo que salió.




2016


Una comiquera llamada Rafaela Herrera impartió (muy chafa) un seminario de narrativa visual en el diplomado de creación literaria que estoy cursando. Se me ocurrió usar la historia de la liga revolucionaria y convertirla en guión de cómic. Esto fue lo que salió.




2017


La hija me presentó el trabajo de una compañera suya de la Facultad de Artes. Recordé que aún tenía ganas de ver dibujado el mentado guión que hice y quedé con ella para se concretara el cómic. Esto fue lo que salió.














Agradecimientos




A Edith Esquivel por su sugerencia de cambiar a la Virgen de Guadalupe por la Virgen del Dedo Meñique. La blasfemia queda más sutil y llegadora. 



A AreHR por dibujar, colorear y letrerear más allá de lo que señalaba el deber y los pesos en los que quedamos.

sábado, abril 22, 2017

De cohetes y gigantes, entrevista a Efraím Blanco


(fragmento de portada de El protagonista muere al final de Efraím Blanco, editorial Lengua del Diablo)



Para cumplir con una tarea de entrevistar a un artista morelense, le pedí a Efraím Blanco (escritor y editor de Lengua del Diablo, twitter: @elephra) que contestara diez preguntas que se me ocurrió hacer. Él, bien amable, aceptó y nos vimos en la Gandhi de Teopanzolco para platicar. Con su anuencia, pongo aquí sus respuestas. Habla de temas que nos interesan a ambos: cf, edición independiente, minificciones y el flujo de cultura (eso sonó a Robotech) en Cuernavaca.


De cohetes y gigantes, entrevista a Efraím Blanco


Efraím es egresado del Diplomado en Creación literaria de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” del Estado de Morelos (ICM/SOGEM). Estudió Letras Hispánicas en el CIDHEM. Sus poemas y cuentos aparecen en diversas antologías. Forma parte del comité editorial de la revista Guardaletras. Es fundador y director de la editorial independiente Lengua de Diablo. Ha publicado los libros de cuentos Esos malditos zombis, ¿Cómo viajan los duendes?, Estos pequeños monstruos y Absurdos; y de poesía El alma de las cosas e Imaginando sueños. En 2012 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola con el libro Dios en un Volkswagen amarillo.


En un artículo reciente de Letras Libres (*), Gabriela Damián habla de los ensayistas de ciencia ficción mexicana como “cartógrafos [...] que han elaborado sus propias rutas para explorar el orbe ultradiverso de esta perspectiva artística”. Si tuvieras que hacerte un mapa que señalara tu camino personal en ese subgénero, ¿cómo sería?

Tengo tres pilares que tienen que ver con ciencia ficción. Carl Sagan, con divulgación de la ciencia, que me atrapó desde que era niño. Después caí a Asimov, quien hacía divulgación pero también ciencia ficción dura. Como la saga de Fundación, que me parece una de las cosas más extraordinarias que hay. De las más grandes obras, no sólo de ciencia ficción sino de la literatura. Ese es el tipo de ciencia ficción que me atrapó. Después, irremediablemente, caí en Ray Bradbury con Crónicas Marcianas. Bradbury decía que lo suyo era la literatura fantástica, pero si te das cuenta siempre que se habla de ciencia ficción y literatura sale Bradbury y Crónicas Marcianas. Realmente Crónicas es literatura fantástica: no hay en ella ese rigor científico. Habla de lanzamientos de cohetes, de marcianos y de civilizaciones perdidas, pero no hay el rigor que sí existe en la ciencia ficción dura, como ocurre con Asimov u otros autores. Ese fue mi camino. Combinado con las películas. Yo soy hijo mexicano de la televisión. Hay todo tipo de películas que tienen que ver con la ciencia ficción y lo fantástico. A mí, por alguna razón, desde niño me atrajeron esos géneros. A diferencia de las películas policiacas o de vaqueros me gustaban las películas que tuvieran que ver con algo de ciencia ficción. Así fuera el Piporro y la nave de los monstruos, Me llamó el tema por alguna razón personal. Mi familia viene del norte. Mi papá y sus primos platicaban de historias en las que había fantasmas, lo sobrenatural o extraterrestres. Mi papá contaba leyendas de la Zona del Silencio. Toda esta mitología en historias familiares me cautivó. El camino que seguí fue ese: cuando comencé a leer libros me atrajeron Asimov y Sagan y Bradbury. Bradbury es la base de la que muchos de mis cuentos se disparan. Me baso en cosas que tienen que ver con él. No intento copiarlas pero sí usarlas como detonadores. Por ejemplo, el cohete. La imagen de un cohete dispara un montón de ideas. Ahora estoy escribiendo una saga que tiene que ver con cohetes que llegan a la Tierra y todo lo que se desarrolla a partir de ahí.

(*) Gabriela Damián. (2017). Canarios en la mina. 22/04/2017, de Letras libres Sitio web: http://www.letraslibres.com/mexico/revista/canarios-en-la-mina

En el mismo artículo, la autora indica que “quienes escriben ciencia ficción son como los canarios que los mineros llevaban a la mina a manera de advertencia”. En tus textos de cf ¿qué es lo que quieres advertir?

Yo lo interpreto como el escritor que se avienta como un canario, sin un salvavidas. Como en un barco, sin tripulación, para advertir. Creo que no sólo yo, sino todos los que escriben ciencia ficción están advirtiendo ese futuro, o también ese pasado. Siempre buscamos dibujar también lo que hay más allá. Esa imagen del cohete, de la tripulación perdida, que llega a un planeta, que se baja a ver qué existe allá, es lo que a muchos, y en mi caso particular, fascina. Me fascina toda la idea de descubrir, de explorar. No sólo planetas extraños sino lugares y situaciones. Por ejemplo, en una plática con mi maestro Víctor Camposeco, cuando presentamos el Vocho amarillo, los otros dos presentadores hablaban sobre la fantasía que hay en el libro, de la irrealidad, de cómo meto una realidad que no existe combinada con situaciones comunes. Y Víctor decía que todo el Vocho amarillo no era fantástico sino realista. Decía: “no hay nada más real que un pobre diablo tirado en el jardín de tu casa, o un descuartizado”. Yo no lo había pensado así. El cuento que abre el libro, por ejemplo, el de un niño que habla con un perro, lo pensé desde el punto de vista fantástico. Y él decía: “bueno, no es un niño que habla con un perro, sino un niño que tiene un problema de esquizofrenia”. Luego, el personaje acaba matando a sus padres y lo justifica creyendo que habla con el perro. Hay esta discusión entre el realismo, en el que puedes decir: “no existe nada de la fantasía, todo es real” y lo fantástico. que es el camino que me gusta plantear. Que el lector sepa que está en un mundo fantástico. Como en el cuento de Doce Vidas que mencionas en el cuestionario. Un cuento que tú interpretas como la misma pareja que va en mundos paralelos o que simplemente pueden ser coincidencias. Entonces, si algo quisiera advertir es la idea de buscar más, incluso de descubrir géneros perdidos.

Ciencia ficción y fantasía suelen ser subgéneros que se mezclan tanto en revistas como en premios. La suposición del lector que se aventura por primera vez en esos terrenos es que, en un subgénero el protagonista vuela en un jetpack, y en el otro vuela en un dragón. También son subgéneros que se suelen tachar de escapistas. ¿Qué diferencias has encontrado al momento de incursionar en uno u otro subgénero? Quizá suene a la pregunta ¿cuál de tus hijos quieres más? pero ¿hay alguno por el que tengas predilección?

Me gusta esta idea. Los que escriben ciencia ficción usan la imagen del jetpack: “quédate con tus dragones, yo me voy en jetpack y adiós.” Sí, he encontrado que existen diferencias. Debería haber una clara separación entre ciencia ficción y fantasía. Hay datos muy claros que maneja la primera, por eso el término: ciencia. Tiene que ver con datos factibles, reales, matemáticos. Un ejemplo muy claro es El marciano de Andy Weir, esta novela de ciencia ficción que mucha gente toma como fantástica por el hecho de que no hemos llegado a Marte. Claro, no hemos llegado pero sí podemos llegar. Entonces lo que hacen estos libros es explorar, cómo sí podemos poner un hombre en Marte o una tripulación y cómo podría sobrevivir cosechando papas. Creo que la diferencia principal es esa. La certeza de que podemos construir máquinas que van más allá de este planeta, cosa que ya hemos hecho. Que tengamos un planeta como Marte habitado por robots es un hecho que ya existe. Y está ese otro género, fantástico, que muchos queremos cambiar, darle un giro. Que la gente deje de ver dragones, donde también puede haber fantasmas, monstruos o simplemente juegos mentales. A mi me gusta mucho jugar entre los dos géneros. Me gusta sobre todo que de vez en cuando se puedan combinar. Puede haber un relato de un cohete que esté lleno de gigantes. Pensar en cuál sería mi predilecto es complicado. Me gusta mucho la fantasía. Esta literatura de la imaginación que dice Alberto Chimal. Todos estos descubrimientos que se pueden hacer brincando de un género a otro. Creo que en mi caso, desde que empecé a escribir cuento formalmente, nunca tuve intención de escribir cuento fantástico. Simplemente empecé a escribir lo que me gustaba. A veces caigo en ciertos temas y a veces me despego de ellos. Cosas que no considero fantásticas pero que para mí tienen algo de extraño. Algo raro. Algo que se sale de lo común.

La ciencia ficción también tiene este extrañamiento, que Todorov usa para decir qué es fantástico y qué no.

Todorov tenía miles de diferencias para identificar géneros, lo que vuelve todo más complicado. Cuando se plantea esta idea de que Pedro Páramo es una novela fantástica porque habla de fantasmas mucha gente se queda en shock porque Pedro Páramo es una novela del pueblo mexicano, realista, costumbrista. Ya que caen en cuenta, ven que es una novela de corte fantástico. Creo que yo no tendría una predilección. Si acaso, algo que se me ha dado de forma más natural es el cuento fantástico. No tanto porque lo decida sino porque así ha ocurrido, provocado quizá por mis lecturas y el cine. Tengo muchas imágenes en la cabeza y tiendo a ser cinematográfico a la hora de escribir. Que los lectores vean una gran secuencia.

Ya que salió la palabra hijos, sé que tienes un hijo pequeño. ¿Qué te gusta leerle? ¿Sueles incluir subgéneros que a ti te gusten en la literatura infantil a la que lo expones?

Le hemos contado muchos cuentos. Es una de las obsesiones que tenemos con él. De comprarle muchos, muchos libros infantiles. Me he dado cuenta que es un género que ha cambiado. Ya no están solamente los cuentos clásicos. También hay revisiones de los cuentos como debían ser. Te encuentras que hay libros infantiles con la historia real de la Caperucita, donde el lobo se come a todos y el cazador no los salva nunca. Hay libros que le hemos comprado que incluso a mí me parecen de lo más extraño. Hay un cuento muy famoso que se llama El ladrón de gallinas que trata de un zorro que se roba a una gallina y los amigos de la gallina corren a rescatarla. Cuando la encuentran, se dan cuenta que el zorro no se la robó sino que el zorro está enamorado de la gallina y ella le corresponde. Se fugaron juntos. Al final, ellos le explican a los amigos que están enamorados. Es un cuento de lo más extraño porque desde el título uno piensa que el zorro se quiere comer a la gallina. Cuando los niños lo leen, ellos entienden la situación mejor que los adultos. Nosotros estamos predispuesto a clichés. Esa ha sido mi experiencia con libros infantiles. Hemos encontrado una cantidad diversa de literatura de lo más extraña. Un poco fuerte o lo que uno pensaría fuerte para niños pero que no lo es. Lo entienden mejor de lo que uno cree.

¿Has escrito textos para público infantil?

Los niños tienen una imaginación nata muy extraña. Mi hijo nos cuenta historias. Creo que quiere contar lo que soñó pero todavía no entiende el concepto de sueño entonces cuenta: “en la mañana fui a ver un gigante que vive allá en los cerros.” Y empieza una historia de un gigante que tiene amigos, que tiene una casa y lo describe todo perfectamente. Sí, me han surgido un montón de ideas pero todavía no he aterrizado nada en específico. Esta curiosidad de escribir para públicos infantiles a mí siempre me ha provocado. Me interesa mucho llegar a crear algo para ese público. Pero también me conflictúa. Pues no son nada sencillos. Ya me he enfrentado a públicos así, en algunas lecturas, aunque mi material no sea para ellos. Me gustaría tener algo para leer para niños, pero todavía no lo he logrado del todo, a pesar de que he estado en seminarios con Paco Hinojosa. También con María Barán. Ella escribe muchos libros infantiles, sobre todo de poesía. Con María logramos crear un poemario para niños, con apoyo de la Secretaría de Cultura y allí participé con dos poemas, que para los demás poetas eran como cuentos, pues mis poemas son narrativos. María decía que se vale. Acercar a los niños a la poesía a través de un relato con metáforas e imágenes. Al final las grandes epopeyas de la humanidad están contando una historia. Ese ha sido mi acercamiento a la literatura infantil pero considero que aún tengo camino pendiente por recorrer.

Nos conocimos en un taller de minificción en la Escuela de escritores RG. Recientemente leí tus cuentos de El protagonista muere al final y uno de ellos, el de Doce vidas, consta de 12 momentos o imágenes de 12 parejas (una posible lectura es que se trata de la misma pareja en 12 universos/mundos paralelos). La brevedad y la contundencia son características de esos textos y de los que dejabas leer en el taller. ¿Qué otras posibilidades de creación te atraen de las minificciones?

Me interesa mucho la brevedad y la contundencia como mencionas, pero particularmente me sorprende mucho más la capacidad de ir hacia cualquier punto. Esto de no arrancar, como dicen los teóricos, in media res, sino en lo extremo. Puedes empezar una minificción en el punto máximo de cualquier historia y funciona. Porque la brevedad te da la posibilidad de cerrar el relato de inmediato. O dejarlo abierto para causar un efecto mucho más impresionante para cualquier lector. Lo que más me interesa de las minificciones es la posibilidad de explorar absolutamente cualquier tema y absolutamente cualquier género. Dice Alberto Chimal quien publicó un libro de ochenta y tres minificciones que llamó 83 novelas, que cada una era una pequeña novela con un personaje, una situación y un desenlace. Es cuestionable en niveles teóricos, pero hay un juego con el lector. Además creo que particularmente la minificción, sobre todo en esta época en la que la gente lee menos, es un modo de atrapar a más lectores. Cuando el género de microficciones comenzó a resurgir (porque ha existido desde hace mucho en Francia y en España) recibió muchas críticas que decían que era chiste. Porque la brevedad y la inmediatez se prestan para el chiste fácil o para caer en la anécdota sencilla, pero también eso se puede aplicar a cualquier género. Una novela larga no es buena por ser larga.

Como tampoco una frase versificada hace un poema.

Exacto. Por ejemplo, en los casos de Arreola, de Torri, esos pequeños mundos que crearon no se puede discutir que carezcan de contenido literario. Están ahí para la posteridad. Eso es lo que más me impresiona. Las posibilidades de creación infinitas.

Además sirven de disparadores como pasó en el taller.

Además. Lees a Monterroso y terminas inspirado. A Torri y tienes un ejercicio que te dispara para crear una continuación o una reinterpretación.

Para preparar esta lista de preguntas leí algunas notas de periódico de cuando recibiste el Arreola por Dios en un volkswagen amarillo y leí la lista de tus publicaciones. No sabía que también escribías poesía (prometo leerla). ¿Has hecho poesía con temática de ciencia ficción?

He escrito poesía y ganado un par de concursos pero nunca con temática de ciencia ficción. Sí, intenté hacer algo cuando sacamos una revista que se llama Guardaletras. El primer y único número lo dedicamos a ciencia ficción. Participé con un cuento y a un amigo que es poeta, de la Ciudad de México, le lancé este reto.

Mauricio Jimenez

Sí. Le lancé este reto de hacer un poema de ciencia ficción. Es muy complicado. Al principio creímos que sí lo había logrado. Pero después lo releímos y pensamos que se había ido más a otro lado.

Lo que comentaba Asimov en un prólogo de una de sus antologías es que un western no se vuelve ciencia ficción si el pistolero se limita a sacar un blaster en lugar de un revólver.

Sí, Fue un ejercicio complicado y entre los elementos que trató de lanzar fueron cuestiones que tuvieran que ver con el espacio. Cosas siderales.

Recuerdo el poema. El yo poético habla a una mujer y le dedica comparaciones del estilo “besos que explotan como supernovas”.

Sí. Creo que estuvimos de acuerdo en que no se trata de un poema de ciencia ficción, sino de una alegoría y de exponer ideas que tienen que ver con los sitios comunes de la ciencia ficción. Para llegar a algo que sí sea poética de ciencia ficción se requiere de trabajo complicado.

¿Te has encontrado algo que sí lo sea?

He encontrado poesía zombie. Sobre todo en esta nueva generación a la que le gusta la temática de zombies, que tienen que ver con apocalipsis y que se vuelven también narraciones fantásticas.

Bradbury escribía con mucha lírica. Incluso tiene un poema dedicado a la misión Viking.

No lo conozco. Pero sí es un buen tema para pensar por lo complicado.

Pasemos al terreno de trabajo editorial. Lengua del diablo es una de las editoriales independientes que hay en Morelos. ¿Cómo es el proceso de Lengua del diablo para elegir material que publicará? ¿Sigues criterios que se aplican a todos los casos o en cada libro ha ocurrido de manera distinta?

En realidad no hemos tenido un proceso tradicional. He tratado de hacer diferencia respecto a otras editoriales que sólo lanzan convocatorias, casi siempre abiertas. Yo trato de invitar a gente que respeto de alguna manera, que voy conociendo. A mucha gente que he publicado yo no la conocía. Entonces los leí, los conocí, y me di cuenta de que no tenían espacios para publicar. Siempre he tenido la idea de abrir espacios, de buscar gente que se merezca el espacio y tenga algo qué decir e invitarla a publicar. Ha dado como resultado que estas personas se conviertan en un círculo de conocidos, de escritores de aquí de Morelos. Esa ha sido la idea desde el principio de la editorial, dar a conocer a gente que no tiene publicaciones. No me interesa publicar a alguien de renombre para vender libros porque eso es lo más fácil. Por ejemplo, el caso de Mauricio, Morocco. Lo conozco desde hace muchos, muchos años. Él nunca había publicado formalmente. Tenía publicaciones muy pequeñas pero nunca había hecho un trabajo serio de selección de sus textos. Cuando le propuse esto, tardamos más de un año haciendo un trabajo de selección de material de hace casi quince años. Fue arduo pero valió la pena porque ya queda registro de todo el show que él hace en vivo. Transformarlo en papel fue un proceso complicado. En general esa ha sido la idea de la editorial. Los criterios varían. Porque me encuentro a alguien que escribe muy bien y lo invito. O me recomiendan a alguien y me doy cuenta que no ha publicado en ningún lado. He hecho antologías, también he hecho algunas convocatorias abiertas. Pero ahora, sobre todo, a lo que estamos apuntando es a recuperar el espíritu original que era lo electrónico. Desde un principio yo quería lanzar exclusivamente electrónico, pero luego te das cuenta que no es un camino sencillo. Muy poca gente lee en electrónico. En Lengua del diablo los criterios van desde algo muy abierto que es una selección de autores que no han publicado a autores que hemos descubierto, como Miguel Lupián que he invitado. O a Ana Martínez que ya ha publicado un libro pero ella quería hacer una edición un poco diferente, combinarla con un artista visual. Ese tipo de caminos son los que nos han llevado a formar cierto estilo y creo que trataremos de mantenerlo en lo posible.

¿Cuáles son tus apreciaciones respecto al consumo de literatura en Morelos? ¿Consideras que los eventos como ferias de libros o presentaciones o lecturas que se organizan aquí atraen a nuevos lectores? Recuerdo que en una serie de conferencias por disciplina artística que se organizaron en la UAEM (Espacios en 2015), alguno de los ponentes comentó que esos eventos parecían ser más de autoconsumo -es decir, que siempre iban los mismos-. ¿Crees que esa es una estimación correcta?

Es algo bien extraño. Yo también estuve en esa conferencia de Espacios. Cuernavaca es una cuestión muy extraña. Puedes hacer un evento y esperar 5000 personas y llegan tres. O hacer un evento donde no esperas a nadie y llegan cien. Todavía no lo descifro a pesar de vivir aquí toda la vida. Cómo fluyen las multitudes o cómo van los gustos sobre todo en la literatura. Sí creo que se han formado vínculos y muchos lectores nuevos a partir del trabajo editorial y de toda esta ola que surgió hace cinco o seis años, después de revista La piedra que fue como una piedra que se lanzó y empezó a remover algo. Muchos, a partir de ahí, empezamos a mover nuestras cosas. Salidos de la Escuela de escritores o salidos de la Universidad. Esta ola que tiene cinco o seis años movió a los que estaban antes, a la espera. Creo que estos eventos que se hacen como ferias del libro o presentaciones se deben hacer más constantes y que sí hay público para eso. Acabo de realizar una feria en el Colegio de Morelos. Batallas horriblemente para realizar la feria, con los presentadores, y llegan a veces muy pocos lectores. Pero de pronto te das cuenta que hay una presentación llena y una presentación vacía. Cuando ves la presentación llena sientes que valió la pena. Igual pasa en las presentaciones de libros. Cuando presenté el Vocho amarillo con Víctor Camposeco, teníamos un Borda lleno. No cabía la gente. A los dos meses lo presenté en el CMA porque me invitaron para platicar con los chicos. ¿Está muy padre, no? Porque iban a ir todos lo chavos del CMA e iba a haber un montón de gente en la biblioteca. Fuimos Davo y yo y llegaron sólo dos personas de todo el CMA, y yo decía: “de la gloria al infierno.” Pero así pasa. No descifro todavía el camino por el que fluyen los públicos en Cuernavaca pero sí defiendo la creación de más espacios, de presentaciones, de lecturas, de grupos, de amigos, Aquí nos reunimos creadores, escritores que buscamos estar ligados en este aspecto. No dejar que se rompan las ligas que ya tenemos con otros autores, con otros maestros. ¿Siempre van los mismos? Sí y no. Sí hay un cúmulo de gente que se repite, que te encuentras, pero también se han formado nuevos. Mi experiencia más directa ha sido con Lengua del diablo y con mis propios libros. Encuentro cada vez más lectores o gente que me conoce. Por ejemplo, ir a la Escuela y conocerte a ti y a los demás alumnos crea una apertura. Entonces la idea es defender esos caminos y seguir buscando.

Basura tropical es uno de los libros de tu editorial y es coeditado con Acalasletras. ¿Has hecho más coediciones? ¿Qué tantas complejidades adicionales hay cuando se coedita?

Hicimos este libro de Basura doble con Davo y Amaury. Es complicado tener una coedición. Sobre todo cuando no hay reglas establecidas. Por ejemplo, a nivel de universidades, colegios siempre hay convenios, estructuras para sacar coediciones. Si sacas una coedición con la UNAM sabes exáctamente cómo va a ser. Los términos son muy claros. En este caso fue algo a lo que nos lanzamos Ricardo Arce y yo más como amigos. Pero el que haya sido así, informal y como cuates, “vamos a trabajar con dos autores, dos ilustradores y dos editoriales”, se volvió un caos. Un desmadre. Porque yo tenía una idea muy clara de lo que quería que fuera el libro, al igual que Davo. Originalmente el libro iba a ser de Davo y mío, pero yo nunca terminé un texto que quería que fuera del mismo tamaño que el de Davo y quien sí terminó fue Amaury. Entonces un día dije “vamos a hacerlo con Amaury”. Amaury tenía otra idea del libro. Y ahí empezaron a complicarse las cosas. Y a eso le combinas lo de los ilustradores. Mi proceso editorial es uno, el de Ricardo es otro. Yo quería tener cierto control sobre eso. Ricardo pensaba que había que buscar otros impresores, otro tipo de papel. Yo ya tenía muy claro cómo tenía que ser. Incluso ya lo tenía cotizado y el presupuesto para hacerlo. Él no. Entonces ahí se volvió un caos. Sin embargo, resultó algo que sí nos gustó mucho como trabajo final. Ya cuando lo empezamos a leer encontramos algunas erratas. Lo revisamos, el otro autor, el otro editor y yo y aún así hallamos detalles que no entendemos cómo se fueron, que son muy obvios y que nos han criticado en artículos.

A Almadía también se le van gazapos.

Y a Alfaguara. A todo mundo. Pero bueno, el resultado sí fue el que queríamos. Todavía sorprende a mucha gente el formato doble. Extraño. Si lo volteas está el otro libro. Es un formato que no se maneja mucho en el mercado y del que a mí me gustaría hacer una edición con diferentes autores. Sobre todo aquí de Morelos. Entonces, la experiencia fue complicada pero salió algo padre.

¿Qué viene? La pregunta la hago tanto para Lengua del diablo, como para ti como autor.

Justo ahora estoy a punto de firmar un convenio con una empresa internacional que se dedica a la publicación de libros electrónicos. En un inicio Lengua del diablo iba a ser sólo de libros electrónicos. Esa era mi idea. Yo no quería invertir en papel, ni en almacenamiento. Pero me encontré con que realmente la gente no lee libros electrónicos. Por lo menos aquí en México, todavía no. Entonces cuando yo le contaba a algunos autores me decían: “¿Dónde me van a leer? ¿En la computadora? ¿En el kindle? ¿En la iPad? ¿En el celular?” Pero todavía no están arraigados. A pesar de las cifras de Amazon, Gandhi tiene un catálogo enorme de libros electrónicos y dice que sí hay cierto arraigo. Yo creo que es un poco falso. La realidad es que la gente no lee mucho en electrónicos. Pero sí empieza a haber. Yo siempre he tenido la idea de no quedarme atrás y quiero que Lengua del diablo sea de uno de los primeros en tener catálogos más largos en libros electrónicos. En España, China, Argentina los números son muchísimo más altos de lo que son en México. Esta empresa con la que voy a firmar el contrato se dedica enteramente a distribución. Tiene bastantes mercados. A mí me interesa mucho ese convenio pues nos va a posicionar en otro formato y con otro público. Por ejemplo, encontré muy buena recepción con los chicos del Tec de Monterrey, quienes desde primaria, secundaria, prepa están buscando estos nuevos formatos. Espero que funcionen tanto para poesía como novela estos formatos y que aquí en Morelos seamos de las primeras editoriales en lanzarse a ese mercado.

Ahora bien, ¿qué sigue para mí como autor? El trabajo de editor quita mucho tiempo. Más de lo que yo quisiera o yo pensaba. Sin embargo, me gusta mucho esa parte de lanzar autores, antologías. Creo que es algo muy gratificante. Como autor tengo muchos proyectos, aún están guardados, pero ya vendrán. El día que presentamos la editorial ahí en el Borda, Víctor Camposeco me dijo: “no te gastes tu dinero”. Nunca lo pensé así realmente. Nunca he invertido en un proyecto en el que pierda dinero. Hasta la fecha todo se ha recuperado. Y espero que así siga.