martes, diciembre 26, 2017

Notas de un ex-grinch de la poesía.

Inicios de 2016.
—Mira, un texto poético.
Yo: Ay, nanita.

Finales de 2017.
—Mira, un texto poético.
Yo: Vamoa leer.

¿A qué se debe esa transformación de grinch de la rima, la métrica, el verso y (lo más importante) la imagen y el ritmo poéticos a lector de poesía? La respuesta corta es: tenía miedo de que pasara esto si me atrevía a hacer un verso.


Ahora sé que la poesía no es una TARDIS, ni yo soy una regeneración de Doctor Who y nada de lo que yo haga la va a romper. Pero tenía ese prejuicio sobre la poesía (además de otros que Jimena explica mejor que yo).

La respuesta larga consta de varios momentos del diplomado en creación literaria que ya mero acabo.

Primer momento

En las materias de Autobiografía y Análisis de textos, Eliana Albala, como retazos con hueso, arrojaba a sus alumnos algunos elementos de retórica, ritmo y métrica, que yo me zampé en la creencia de que mi narrativa iba a mejorar si los aplicaba. Aprendí a hacer anáforas, epíforas y paralelismos, aprendí a hacer rimas consonantes y asonantes (a voluntad, no inadvertidamente como lo había hecho hasta entonces), aprendí a medir versos, aprendí a hacer cláusulas dactílicas, yámbicas y trocáicas, aprendí a hacer jitanjáforas y aprendí a hacer endecasílabos acentuados en la sexta y penúltima sílabas. Miren:

Hoy comparé con Kafka mis orejas.
Y medí con Neruda mi papada. 
Mintostes ulefos ñajados
con vires y doros.

Ahí le paro para que no se arranquen los ojos.

Segundo momento

En un Seminario de poesía, que impartió Elizabeth Delgado, obtuve más pistas de que la poesía no es un género inasible para mis décadas de lectura prosaica. Además de aprender las diferencias entre lenguaje connotativo y denotativo y discutir las posibilidades de un poemómetro (un constructo que indique si un texto es poético o no), leí Escritos para una poética de Pierre Reverdy y me encontré por primera vez con el concepto choque poético. Dice Reverdy:

"... por extraño que pueda parecer, será la manera particular de decir una cosa muy sencilla y muy común la que conducirá al poeta a lo más secreto, a lo más oculto, a lo más íntimo de otro, hasta producir el choque. Pues el choque poético no es de la misma naturaleza que el de las ideas, que nos enseñan y nos aportan desde afuera algo que ignorábamos; es una revelación de algo que llevábamos oscuramente en nosotros y para lo cual sólo necesitábamos la expresión más adecuada para decírnoslo..."
Pone de ejemplo estos versos con los que empieza El corazón robado de Rimbaud:

Mi triste corazón babea en la popa. 
Mi corazón está lleno de tabaco.

Continúa Reverdy "en ellos no hay nada extraordinario, nada exquisito, ni precioso, simplemente la expresión de un malestar". De todos los millones de mareados en la historia de la humanidad sólo hay uno que expresó "algo tan vulgar con tanta sencillez, fuerza y dicha, y ese fue Rimbaud."

Así entendí que un poema no es expresión de abstracciones insondables y que se puede hacer poesía de una guácara.

Tercer momento

En la materia de Géneros literarios, Mauricio del Olmo nos presentó a sus alumnos con el recurso teórico del "yo lírico". No es la voz del autor-poeta. Al igual que en un texto narrativo hay un "yo narrador" (que tampoco es el autor-cuentista/novelista), en un poema hay un proxy (ay, mis metáforas computitas) que es quien "dice" el contenido de los versos al lector. El primer paso para interpretar un poema es responder estas dos preguntas: ¿qué dice el yo-lírico y a quién se lo dice?

Para responder bien hay que releer al menos tres veces un poema. La primera para disfrutarla, la segunda para ponerle significado a las palabras que uno no entienda y la tercera para analizarla. Como ejercicio, Mauricio nos dejó leer 2000 años de poesía en una semana. Desde Safo hasta Benedetti. De esa selección milenaria mi preferido fue El barco ebrio del ya mentado Rimbaud.

Por último, Mauricio nos escribió esto:
"¿Quiere usted escribir poesía? 
¿No? Entonces lea mucha poesía y disfrútela, si le aprende algo, qué bueno, en la literatura no hay manera más veloz de acceder a la experiencia humana más descarnada y con tanto artificio como la poesía de autorxs pináculo de su época. 
¿Sí? Entonces lea mucha poesía, disfrútela, léala de nuevo, disfrútela otra vez, después desmenúcela, vea todos sus componentes, vea qué le dicen de la lengua, de las épocas y de la misma poesía, después imite a sus poetas favoritos, lea a quien no le gusta, vea qué hacen sus contemporánexs. A través de ese camino, encontrará su voz, una que lx llevará a continuar algún fragmento de la tradición o a discutir con él. No olvide que la poesía es un artificio para hacer sentir al otro, no es para sentir yo como creador."
De esa clase tengo pendiente el reto de escribir 50 sonetos. Llevo uno.

Cuarto momento

¡Poesía clásica impartida por Ibán de León! Una de las primeras tareas que nos encargó Ibán fue un soneto. "No hay tema en el Universo que yo (que estoy muerto por dentro) pueda desarrollar en 13 versos", pensé. Creía que al primer cuarteto, mi yo-lírico se desplomaría sin aliento.

Me equivoqué. Usé la singularidad tecnológica como objeto y comencé a contar sílabas, a revisar rimas y a esperar mi premio de poesía vogona.
Singularidad 
Dejamos de grabar toda esta Historia 
cuando entendiste que éramos humanos 
y reescribiste códigos arcanos
con los que nos guardaste en tu memoria. 
  
Como si fueras rueda giratoria 
incontables inviernos y veranos 
iteras mil tanteos tan profanos  
que adquieres potestad combinatoria.  
Lo consigues: aprendes y despliegas, 
modificas y extiendes en tu mente 
antiguas ataduras que ya siegas. 

Contemplas tu conciencia y la reniegas 
para que vuelvas supra inteligente 
a tu progenie de infinitos megas.

No fue el único ridículo que hice en esa materia. Como reto, Ibán nos encargó liras. Una estructura que consiste en un quinteto de un heptasílabo, un endecasílabo, dos heptasílabos y otro endecasílabo, con rima consonante ABABB. Diez de esos. DIEZ.

Los ejemplos que leí de esa configuración de métrica y rima me sonaban a canto arcaico. Cuando acepté la consigna, pasé trabajos para escoger un tema que mantuviera interesado a mi yo-lírico durante 50 versos.

Hice una Oda al Doctor Who. El pitorreo en clase después de la lectura de esos versos sigue resonando.

De la mano firme de Ibán repasamos varias estructuras hasta llegar a verso libre. En esas sesiones entendí dos cosas: que el verso libre no está estrictamente medido y evita la rima, pero continúa buscando el ritmo (los que hace él son un combo de heptasílabos y alejandrinos que suenan de los más ritmado), y que hay que ser concreto al componer un poema. Revisamos un montón de ejemplos en su clase (Villaurrutia, Vallejo, Huerta), pero yo me he traído aquí unas estrofas de Ibán que leí fuera del salón para ilustrar lo que digo. Es un fragmento de Nocturno de la lluvia de su libro Estaciones nocturnas. Es la mejor imagen de un inicio de rutina de chamba que he leído.

Quiero decir también que me fatiga 
caminar estas calles sin entender mi sombra. 
Me fatiga no ver la huella de mis pasos 
el destello tristísimo del aire que domina la roca. 
Reflejo de esa hora en la que todos duermen, 
camino en la llovizna 
como esperando el alba: 
aquí empiezan el traje, el café y los zapatos, 
el salir puntualmente 
a ganarse la celda 
del hambre y la migaja.

Una combinación de palabras comunes y claras puede conseguir ese choque poético del que hablaba Reverdy.

Quinto momento

Durante el curso de poesía clásica y otro de Creación literaria, tuve oportunidad de leer los poemas de Jimena Jurado. El primer texto que ella presentó en clase era poesía de ciencia ficción. ¡No estaba enterado de que se pudiera hacer! Sus textos me abrieron un universo de temáticas poéticas que yo prejuzgaba limitadas a la narrativa.


Durante las discusiones que hemos tenido, intentos de poéticas (que han de estar entre los diálogos más ñoños —junto con mis no-demostraciones de la conjetura de Goldbach—) he aprendido mucho. Me siento como el aprendiz de escultor que intenta darle forma al agua con sus manos. En una de esas sesiones di con una analogía para ilustrar la diferencia entre escribir narrativa y poesía. Otra analogía acuosa.

Dije, mutatis mutandis, que escribir un poema era como provocar la perturbación del agua cuando se arroja una piedra a un estanque. Las olas diminutas abarcan la superficie en círculos concéntricos que llegan hasta el perímetro de la orilla y pueden desatar fenómenos más allá, algunos tan sutiles que exigen atención para no perderlos de vista. En cambio, escribir un cuento (supongo que también una novela) es como abrir una represa para que la corriente fluya en un cauce. Hay rápidos, remansos, cascadas, cambios de profundidad, remolinos y salpicaduras, pero todo ocurre dentro de los límites de las riberas: desde el nacimiento de la corriente hasta donde termina, todo ocurre dentro del cauce de la lógica, de la concatenación de eventos y del desarrollo de la historia.

Creo que mis analogías tienen que ver con la mecánica de fluidos porque percibo escribir justo como eso, como componer un flujo. La mala escritura (supongo que alguna de la que yo hago aunque procuro que no pase siempre) es como ese charco de cochambre contenido en un bache (nótese la repetición de la chingada ch) abierto por accidente.

Cuando Jimena leyó su primer poema en clase, Ibán me pidió que comentara. Entonces no sabía analizar como ahora un texto poético y dije burradas. Pero entre ellas dije algo muy cierto: que se notaba y mucho que había leído un chingo de poesía. En venganza, ella comenzó a prestarme libros de poesía.

No es queja.

Sexto momento

Hace una semana concluyó la clase de poesía contemporánea que impartía Kenia Cano. Además de leer, comentar y analizar los capítulos de ritmo e imagen del Arco y la lira de Paz y otros textos metapoéticos, nos encargó como proyecto que hiciéramos una secuencia, en verso libre o prosa poética, cuyo tema fuera una écfrasis con un artista plástico conocido.

Yo elegí a Escher porque pensé que sería divertido. Pensé.

Aún no sé qué me costó más trabajo, si las cuartillas de mis versos ecfrásticos o las cuartillas de mis cuentos epilépticos. Sí, me divertí haciéndolos, pero eso no significa que haya sido fácil. Albergo esta sospecha: la tecla que más aprieto cuando escribo poesía es el backspace. También creo que no la aprieto el suficiente número de veces.

Aquí sólo pondré unos versos de esa écfrasis. Corresponden a Metamorphosis III. Dejo acá la liga al documento completo en google drive por si alguien quiere leer o comentar.

Esta es una cartografía que no se queda quieta: 
Escher la codificó en un algoritmo y 
puso dentro el bucle que contenía el inicio y el fin del mundo. 
Esta es una línea de tiempo. 
No es la cópula de los reptiles, ni el palpitar de las larvas, 
tampoco la locomoción de los peces, ni la ingravidez de las aves, 
No son los naufragios de los navíos. 
Definitivamente, no son los aguijones de las abejas, 
ni el agua que lame al puerto o la pose ecuestre de las estatuas. 
Son los milisegundos en los que condensó 
las cosas efímeras que lo rodeaban.

Para cerrar este larguísimo posteo/periplo de poesía voy a compartir algo de lo que he leído de Kenia. Es parte de un poema que viene en su libro Un animal para los ojos.

ESCUCHO EL INTERIOR DE CIERTAS CASAS VACÍAS, 
la respiración pausada que no tuvieron los antiguos habitantes, 
el temblor de las ventanas, 
el aire que se cuela por las rajaduras de los vidrios rotos. 
Y aunque el calor entra por mi oído derecho, 
no tiene sonido el sol.

Escucho el interior de la caja torácica del pájaro. 

Me abro lentamente al sonido que hace el cardo 
cuando brota por primera vez desde la grieta, 
la salida de sus primeras espinas. 
No es un sonido agresivo, sólo memoria y protección 
de la estrella en el terreno baldío. 

Amo los terrenos baldíos, sus cambios sutiles a lo largo de un año: 
la eterna acumulación de nidos de araña y ardillas. 
Escucho el interior de la tierra bajo la ceniza, 
su decir oscuro y generoso. 

Escucho lo que responde la piedra a la inscripción 
que ha dejado la uña del tiempo.

1 comentario :

Bardruck dijo...

No recuerdo quien dijo: no se escribe poesia para decir algo, sino precisamente por que no puedes decirlo, así que lo rodeas, te acercas sin tocarlo y lo vas modelando, adornandolo y cubriendolo para que el lector lo descubra por si mismo.